Oxfam en HaitÍ

Ni Oxfam en Haití ni Los mundos de Yupi

Lo que estamos leyendo estos días sobre el personal de Oxfam que trabajaba en Haití o Chad es repugnante. Para mi tan repugnante como si pasara en Madrid y estuvieran implicados los empleados de la gasolinera de la esquina. O si pasara en Perú y lo fueran los de una gran empresa multinacional. Lo repugnante es el asunto, lo haga quién lo haga.

El caso, además, entristece. Sobre todo por las personas que sufrieron. También por las miserias de nuestra especie representadas por unos cuantos impresentables con camiseta de cooperante.

Me pone triste también por Oxfam Intermón, por la organización. Intermón (para los que empezamos hace mucho el Oxfam sigue sonando raro) ha sido muy importante para mi. Quizá más justo sería decir clave. En ella comencé en esto de la cooperación como voluntario. También di mis primeros pasos como profesional. Me considero un ciudadano global y lo soy en parte gracias a esta organización. Allí adquirí valores y conocimientos imprescindibles para entender quién soy. Incluso conocí a mi pareja entre sus filas. En Intermón aprendí que sin campañas, movilización social e incidencia política jamás conseguiremos un mundo libre de injusticias. Y como profesional quedé marcado por objetivos como la mejora continua o la innovación. Oxfam Intermón es una organización referente, modelo al que muchas ONGD aspiran a llegar.

También estoy triste por ellas, por las ONGD españolas, por la cooperación española. Después de los varapalos del gobierno del señor Rajoy es lo que faltaba. Un escándalo que seguro afectará a todas.

Y, por último, pero no por ello menos importante, estoy triste por los miles de personas que forman, o formaron, parte de la organización. No diré que cuando fui parte del equipo operativo de Intermón siempre estuve de acuerdo con todos ellos. Tampoco que Oxfam Intermón sea perfecta. Pero lo que sí puedo decir es que nunca vi a ninguno de sus miembros hacer otra cosa que no fuera trabajar por las personas que ven vulnerados sus derechos. La lista es larga, y seguro que me olvido de algunos, pero creo que no debo dejar este post sin recoger unos cuantos nombres con los que trabajé de cerca o vi trabajar en la mesa, el despacho o la oficina de al lado: Sergio, Pilar, Meli, José Antonio, Elena, Ernesto, Marta, Isabel, Isabel, Irene, Ricardo, Javi, María, María, César, Encina, Amalia, Carlos, Carlos, Carlos, Victoria, Pilar, Chema, Paloma, Gonzalo, Matilde, Eduard, Itziar, Eva, Raquel, Raquel, Francesc, Nati, Mariona, Santi, Marisa,…

El análisis más allá de lo sentimental

Dejo lo sentimental y paso a la reflexión, a los temas de este blog. Lo que viene a continuación ya no tiene que ver con Oxfam Intermón exclusivamente, es algo general del sector. Lo aclaro por si acaso.

El mundo de la cooperación siempre ha tenido cierto misticismo. En el imaginario colectivo los que forman parte de una ONGD son los de buen corazón, los caritativos. La foto es la de esa persona que, sin nada y dejándolo todo, coge la mochila y se va a África a salvar a niños huérfanos.

El imaginario colectivo muestra profesionales de las ONGD muy lejos de la realidad Clic para tuitear

Es decir, los de las ONGD son personas con categoría moral superior cuyo único objetivo y propósito en la vida es salvar las de otros -mis voluntarios y mis socios son superhéroes dicen algunas-. Son del todo coherentes, hacen el bien sin recibir nada a cambio, incluso sin cobrar un sueldo -ese mensaje de todos los fondos van a las personas que lo necesitan-, y si me apuráis ni siquiera cogen vacaciones. Todavía hay gente que me pregunta si cobro por los trabajos que hago para ONGD…

Esta imagen han contribuido a construirla numerosas organizaciones o, como mínimo, no han hecho nada por desmontarla. Siempre digo que ojalá hubiera en España una SAIH que nos hiciera avanzar.

Con este panorama, cuando se destapa alguna incoherencia, ni te cuento cuando hay casos tan graves como los que decíamos más arriba, la imagen idílica se desmorona como un castillo de naipes. La decepción es de dimensiones excepcionales y, como consecuencia, la falsa superioridad moral pasa a ser arma arrojadiza y los comentarios típicos -el dinero tiene que ir a organizaciones pequeñas, no quiero pagar vuestros sueldos o sólo queréis trincar subvenciones- se suceden. Como ejemplo sólo tenéis que leer las reacciones en Twitter a las explicaciones que ha dado estos días Oxfam Intermón.

Más nos valdría ir rompiendo algunos mitos. Podríamos empezar con los profesionales del sector.

Supongo que decepcionaré a gente, pero tengo que decir en las ONGD trabaja gente de todo tipo. Ninguno es un superhéroe. No hay nadie que no dude o se equivoque. En las oficinas no hay abrazos y sonrisas a la entrada cada mañana. Tampoco hay sesiones de yoga para empezar con mejor espíritu ni comida ecológica cada mediodía. Hay gente muy motivada y gente necesita un cambio de aires. Profesionales excepcionales, normales y mediocres. También entre las jefas. Y, aunque en redes les leamos diciendo lo contentos que están por estar trabajando en sábado arreglando el mundo mientras otros salen de fiesta, la mayoría preferirían estar con su familia o con sus amigos. Exactamente igual que en tu empresa, tu universidad, tu consejería o tu ministerio.

Lo que quiero decir es que los que se dedican profesionalmente al mundo de las ONGD, aunque algunos se empeñen en mostrar otra cosa, no son más que parte de la sociedad. Una sociedad que está muy lejos de la perfección. Por eso, pese a que los mecanismos de selección y vigilancia son estrictos (habría que ver qué otros sectores tienen protocolos iguales), no pueden ser infalibles y, por tanto, nunca se podrá evitar al 100% que alguien haga lo que no debe (las lecturas de mente de la ciencia ficción me parecen peligrosas).

Eso no quiere decir ni que Oxfam esté llena de gentuza ni que todo el sector lo esté. Igual que no pensamos que todos los policías municipales de Madrid son como los de aquel grupo de WhatsApp. Como escribía acertadamente Xosé Cuns hace muy poco “Lamentablemente, no hay santos ni ángeles en la lucha contra la pobreza, sino personas con miserias y pequeñas grandezas como cualquiera”.

Por tanto, para este caso, u otros que puedan surgir (esperemos que no), la cuestión es depurar responsabilidades, incluidas las penales. E imprescindible mejorar los mecanismos necesarios para tratar de que no vuelva a ocurrir.  Por supuesto, tenemos que seguir avanzando hacia el objetivo, queda mucho por hacer como para bajarse del barco. También, imprescindible, contar mejor cómo somos y por qué.

 
 
 

Terminé de escribir este post en Madrid el 14 de febrero de 2018

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