Psicología para avanzar en el cambio social

Psicología para avanzar en el cambio social

Que tenemos que darle un empujón al tema del cambio social es evidente. Si no fuera así el mundo sería bastante mejor y yo no tendría este blog. Nick Cooney parece que está de acuerdo. En su libro Cambio en el corazón analiza y comparte teorías y estudios psicológicos y reflexiona sobre cómo pueden ayudar a mejorar el impacto de organizaciones y activistas para acelerar el cambio social.

El libro me ha parecido interesante, aunque le pondría un par de peros. El primero es que, como es normal, se centra en un “activismo estadounidense” que tiene algunas diferencias importantes con el nuestro, por lo que algunas conclusiones quizá nos queden algo alejadas. El segundo es cierta sensación de que para él los resultados están por encima de todo, cosa que no comparto. Hay que ser eficaces, pero el cómo lo hacemos es también fundamental.

En cualquier caso, pese a los peros, recomendaría la lectura. Conocer mejor cómo funciona el cerebro no está nunca de más. Voy ahora con algunas cosas que me han parecido especialmente interesantes.

Cada persona es un mundo

Esto es una verdad de perogrullo, pero había que decirlo. No hay una técnica universal para generar cambios sociales. De hecho, si lees el libro estoy seguro de que habrá cosas que no te aplican a ti mismo. O que son diferentes a tu experiencia. Cooney habla de porcentajes y probabilidades, por lo que, aunque haya temas más o menos generalizables, nada de lo que comparte servirá para el 100% de la humanidad, ni siquiera para el 100% de tu público objetivo.

No somos tan racionales como creemos

Nos suelen decir que somos seres racionales. Por ejemplo, de las primeras cosas que te enseñan en economía es que actuamos como consumidores racionales, tomando decisiones para maximizar la utilidad o beneficio y para minimizar costos o riesgos. Nada más lejos de la realidad:

Tomamos la mayoría decisiones con la parte emocional del cerebro y muchas de nuestras decisiones son el resultado de recuerdos de otras que tomamos en el pasado y del deseo de ser coherentes con ellas.
Cuando hay un conflicto entre lo que se hace y lo que se cree, “la reacción más común es inventarse un razonamiento que sugiere que no existe tal conflicto. Cuando no es posible, las personas son más propensas a cambiar sus creencias que sus acciones” escribe Nick Cooney.
En esta misma línea, Mark Lorch cuenta en un artículo en El País que cuando recibimos información que contradice lo que creemos nos produce un malestar emocional y que por eso solemos buscar información de fuentes afines a nuestras creencias.
Lo de la zona de confort es totalmente real. Habitualmente, cuando se da a elegir entre la situación actual y una nueva se suele elegir la primera, independientemente de cual sea mejor. Y, además, cuantos más alternativas se ofrezcan más probable es que se elija la que ya tenemos. Se debe, entre otras cosas, a cierta aversión a la pérdida. El miedo a perder algo suele ser más poderoso que la esperanza de ganar otra cosa. Cuando tenemos algo lo valoramos mucho más que cuando no lo tenemos. Y no solo ocurre con lo material, también con ideas y valores.
Hay una hipótesis que se denomina del mundo justo. Afirma que la gente quiere creer que vive en un mundo bueno donde cada cual obtiene lo que se merece. Nos gusta pensar que el mundo es estable y ordenado y nos afecta encontrar evidencias contrarias.
Decenas de aspectos que poco tienen que ver con lo racional -imágenes que nos gustan, sonidos agradables,…- influyen en lo que decidimos.

Buena parte de lo anterior desmonta en cierta manera una hipótesis habitual de trabajo en muchas ONGD: la linealidad en el proceso información-sensibilización-movilización. La idea de que ofreciendo información conseguiremos que la gente entrará en ese proceso de cambio. Un tema a tener muy en cuenta.

Somos animales sociales

Cuanta más gente cree en una información, más probable será que alguien la acepte como verdadera (aunque no lo sea). En este sentido, Mark Lorch dice “Si estamos excesivamente expuestos a determinada idea a través de nuestro grupo social, ésta se convierte en parte de nuestra visión del mundo”. La mayoría condiciona nuestra opinión porque no nos gusta ser los únicos que piensan de una manera diferente. Y no sólo depende de nuestro círculo. Cuanto más escuchamos sobre algo (donde sea y a través del canal que sea) más cierto nos parece y más lo valoramos. Parece que la rentabilidad de las famosas fake news viene por aquí.

Pero no sólo es un tema de lo que pensamos. También va de actos. Si crees que la mayoría hace alguna cosa, es más probable que tú también la hagas. Es lo que se denomina ajustarse a la norma social: se percibe una actitud como correcta en la medida en que se ve (o cree) que os demás tienen esa actitud.

Y la influencia también es individual, no solo grupal. Actitudes y comportamientos se propagan desde cada persona hasta 3 grados de influencia mediante conexiones sociales. Incluso la obesidad se propaga de esta manera. Nos influyen las personas cercanas y cuanto más cercanas más influencia ejercen sobre nosotros.

La empatía es un tesoro

La empatía es un potente motor de cambio. Si empatizamos con alguien o algo lo más probable es que nos impliquemos. El asunto es que, ante un problema, hay gente que se centra en sus emociones negativas lo que bloquea la empatía. Es una especie de mecanismo de defensa para evitar la angustia y los costes asociados a hacer algo. Del tipo que sean: físicos, económicos, de tiempo,…

Para ignorar un problema social y evitar la empatía la gente suele limitar su acceso a la información sobre dicho tema, hacer algo pequeño para limpiar la conciencia y luego desentenderse, relativiza -el problema no es tan importante-, se resigna -yo no puedo hacer nada- o culpa y responsabiliza a otros, incluidas a las víctimas. Todos hemos oído alguna vez lo de “la violaron porque iba provocando”.

No parece que favorezcan la empatía el uso de estadísticas. Según Cooney, cuanto mayor es el número de los que sufren, menos importancia suele darle la gente. Y añade: “Las situaciones que involucran a un número elevado de víctimas o enormes cantidades de destrucción medioambiental pueden tener un impacto emocional muy pequeño en el público porque las personas son relativamente insensibles a los números y las estadísticas”.

Parece que cuando el problema es inmenso, se elimina el sentimiento de responsabilidad personal. Nuestra posible acción no tendrá un resultado evidente, claro, directo, notable. Y, además, se abre una vía clara para echar la culpa a otros. “Esto es un tema de gobiernos, yo no puedo hacer nada”.

En este sentido, añade el autor de Cambio en el corazón:“La imagen de un oso polar a la deriva en las aguas del Ártico, que antes era una zona congelada, constituye un argumento emocional convincente para provocar indignación por el cambio climático, incluso aunque el impacto del cambio climático sea exponencialmente mayor que el daño causado al oso polar”.

Además de las anteriores reflexiones, en Cambio en el corazón podéis encontrar varias ideas, pautas y estrategias que pueden servir para mejorar nuestro impacto. Pero para descubrirlas tendréis que leer el libro.

A tener en cuenta cuando promovemos cambios: somos animales sociales, emoción vs lo racional y empatía Clic para tuitear

Datos de la publicación

Nick Conney (2015) Cambio en el corazón. Plaza y Valdés Editores, Madrid

 

 

Terminé de escribir este post en Madrid el 31 de agosto de 2018

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