televidentes a distancia y ciudadanía

Sobre televidentes a distancia y ciudadanía

Me gustan las novelas de Mario Vargas Llosa. De hecho, La Fiesta del Chivo y Travesuras de la niña mala están entre mis libros favoritos. Sobre todo el primero de ellos. Se lo recomendaría a cualquiera que diga que no le gusta leer. O al que pasa por una fase de desencanto con la lectura. Otra cosa son las ideas, ahí no coincido tanto, por no decir casi nada, con el autor peruano. Sus ensayos, que alguno he leído, no me convencen en general.

Creí que La civilización del espectáculo podría ser una excepción, pero no. Más allá de que en su forma da gusto leerlo -para eso es premio Nobel-, queda confirmado que no estamos muy cerca en cuanto a visión del mundo. No obstante, hay cosas interesantes en esta publicación. Por ejemplo, el texto que leyó al recibir el Premio de la Paz de los Editores y Libreros Alemanes. Se titula “Dinosaurios en tiempos difíciles”. De dicho discurso me gustó su defensa del libro en papel. Sobre todo la idea de su importancia en la sociedad más allá del entretenimiento. Poco su visión de lo digital, audiovisual,… Y bastante esto que os comparto:

“Las posibilidades de la información, de saber lo que pasa, de vivirlo en imágenes, de estar en medio de la noticia, gracias a la revolución audiovisual han ido más lejos de lo que pudieron sospechar los grandes anticipadores del futuro, un Jules Verne o un H. G. Wells. Y, sin embargo, aunque muy informados, estamos más desconectados y distanciados que antes de lo que ocurre en el mundo. No ‘distanciados’ a la manera en que Bertolt Brecht quería que lo estuviera el espectador: para educar su razón y hacerlo tomar conciencia moral y política, para que supiera diferenciar lo que veía en el escenario de lo que sucede en la calle. No. La fantástica acuidad y versatilidad con que la información nos traslada hoy a los escenarios de la acción en los cinco continentes, ha conseguido convertir al televidente en un mero espectador, y, al mundo, en un vasto teatro, o, mejor, en una película, en un reality show enormemente entretenido, donde a veces nos invaden los marcianos, se revelan las intimidades picantes de las personas y, a veces, se descubren las tumbas colectivas de los bosnios sacrificados en Srebrenica, los mutilados de la guerra de Afganistán, caen cohetes sobre Bagdag o lucen sus esqueletos y sus ojos agónicos los niños de Ruanda. La información audiovisual, fugaz, transeúnte, llamativa, superficial, nos hace ver la historia como ficción, distanciándonos de ella mediante el ocultamiento de las causas, engranajes, contextos y desarrollos de esos sucesos que nos presenta de modo tan vívido. Ésa es una manera de hacernos sentir tan impotentes para cambiar lo que desfila ante nuestros ojos en la pantalla como cuando vemos una película. Ella nos condena a esa pasiva receptividad, atonía moral y anomia psicológica en que suelen ponernos las ficciones o los programas de consumo masivo cuyo único propósito es entretener.

(…) irrealizar el presente, mudar en ficción la historia real, desmoviliza al ciudadano, lo hace sentir eximido de responsabilidad cívica, creer que está fuera de su alcance intervenir en una historia cuyo guión se halla ya escrito, interpretado y filmado de modo irreversible. Por ese camino podemos deslizarnos hacia un mundo sin ciudadanos, de espectadores, un mundo que, aunque tenga las formas democráticas, habrá llegado a ser aquella sociedad letárgica, de hombres y mujeres resignados, que todas las dictaduras aspiran a implantar”.

La información audiovisual fugaz, superficial, puede ser un elemento desmovilizador… Clic para tuitear

 

Notas:

Las negritas son mías.

La cita es de Mario Vargas Llosa (2012) La civilización del espectáculo. Alfaguara, Madrid.

 
 
 

Terminé de escribir este post en Ramales de la Victoria (Cantabria) el 24 de agosto de 2017

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