comunicación y ciudadanía en tiempos del coronavirus

Aprendizajes sobre comunicación y ciudadanía en tiempos del coronavirus

Durante estos días de pandemia, crisis, alarma y confinamiento hemos visto como nunca cómo es la sociedad española. Dándole una vuelta creo que podemos sacar algunas conclusiones que nos pueden ayudar en nuestro trabajo futuro a favor de la transformación social. Vamos allá.

1.- Un porcentaje de la población (difícil de cuantificar) pasa absolutamente de todo lo que no tenga que ver con lo suyo

Está claro que hay gente que pasa de todo, vemos ejemplos cada día. Personas que parece que son incapaces de empatizar con la vecina del sexto o con sus propios familiares. Cómo lo van a hacer con el refugiado sirio o la agricultora del Sahel. O con el niño que nacerá dentro de 50 años en un planeta profundamente afectado por el cambio climático.

Convivamos con esto. Asumamos que hay un porcentaje de población que nunca conseguiremos que se comprometa con la justicia social. Pero que eso no nos impida seguir avanzando con el resto.

2.- Pero hay mucha solidaridad latente

No todo es negro, por supuesto. Hay una solidaridad latente en la sociedad que siempre aparece en los momentos más difíciles. Hemos visto innumerables ejemplos también estos días. Lo que tenemos que intentar es que ese compromiso social esté permanentemente activado, no sólo en situaciones de emergencia. Sé que no es fácil, pero debe ser nuestro objetivo central. Busquemos la fórmula.

3.- La comunicación sigue siendo mejorable

Pese a lo que dije en el punto 1, la falta de compromiso tiene mucho que ver con la comunicación. No es sólo una cuestión de “ADN insolidario”.

En la crisis del coronavirus, a pesar de la avalancha informativa, mucha gente no sabía el porqué de las medidas o qué podía o qué no podía hacer. Muchos creían que el cierre de escuelas tenía como objetivo proteger a los niños, cuando en realidad era detener la propagación, y por eso salían con ellos a la calle. Otras pensaban que no teniendo contacto con otros no había ningún problema, por eso seguían saliendo a correr cada día. No pensaban que si se rompían un tobillo, por ejemplo, consumirían recursos de una sanidad que los necesitaba todos para la gestión de la crisis. ¿Qué quería decir, por cierto, el mensaje inicial del Gobierno de no viajar si no era necesario? ¿Ir a hacer un trabajo a la otra punta de España lo era? ¿Un entierro lo era?

El empacho de mensajes en el que estamos no quiere decir que la comunicación sea buena. Hay que verificar que el receptor ha captado y entendido el mensaje y creo que no se ha conseguido, al menos al principio. En este sentido, en A vivir que son dos días del 14 de marzo hablaron un rato sobre cómo Corea había establecido un sistema de comunicación que parece bastante más eficaz que el que hemos tenido aquí.

Volviendo a nuestro tema -a lo social-, tenemos que ser conscientes que nuestros 10 tuits, por originales y cuidados que sean, no son suficientes para conseguir cambios en creencias, valores o comportamientos de la sociedad. En relación con esto conviene recordar a Tomás R. Villasante que escribía hace tiempo que ya va siendo hora de que superemos el síndrome de “la gente no participa”.

4.- Nos equivocamos en las responsabilidades

A las organizaciones y movimientos sociales nos cuesta definir responsabilidades. Tendemos a no poner nombres y apellidos, a generalizar en toda la sociedad y a caer en esa idea tan neoliberal de que las soluciones son individuales.

Lo hemos visto también en la crisis del coronavirus. Al final acaba pareciendo que el abuelo al que le ha caído el marrón de cuidar a sus nietos para que su hija trabaje es uno de los grandes responsables de la pandemia porque les lleva un rato al parque. Nada más lejos de la realidad. Sin quitarle su cuota de responsabilidad, nada tiene que ver con, por ejemplo, la escasa robustez del sistema sanitario, que es evidente que tiene grandes problemas para hacer frente a contingencias sobrevenidas. Recordemos, entonces, los recortes, las privatizaciones, etc. y los que la llevaron a cabo. Decía una sanitaria el otro día en la radio que agradecía los aplausos de las 8 de la tarde, pero que era mucho más importante que nos acordáramos de esto la próxima vez que votemos. Tomemos nota.

Por el lado de las soluciones, vuelve a pasar lo mismo. Sí, llegados a este punto, nos toca quedarnos en casa. Pero cargar sobre cada uno la solución a la crisis es bastante injusto. La salud es un derecho humano y, por tanto, es responsabilidad de los gobiernos. Cada persona es corresponsable, pero no somos ni héroes ni heroínas. Somos ciudadanos y ciudadanas normales a los que el Estado debe proteger.

Cuando miramos a lo social, hacemos lo mismo. Y, así, habitualmente afirmamos que las soluciones están en el comportamiento individual y nos olvidamos de las cuestiones estructurales. Cargamos la responsabilidad en el que compra comida envasada o en la que va en coche privado, como si la sobreplastificación que vivimos no fuera un tema de intereses corporativos o si los problemas de movilidad no requirieran de cambios en los modelos de ciudad y en la propia oferta de transporte público. Cuestiones que claramente exceden a cada uno y que están en la esfera gubernamental o incluso sistémica. Eso no quita que cada uno puede hacer cosas. Pero quizá deberíamos desviar el foco de la persona y llevarlo a lo global.

5.- El compromiso no es gratis y, por tanto, supone un coste diferente para cada uno

Díganle al camionero autónomo con 4 hijos cuyo trabajo es el único ingreso para su familia que deje sus portes para evitar la propagación del virus. Díganselo a la abuela que si no da el paseo cada día empiezan a dolerle las rodillas. Díganselo a la madre soltera con dos niños que vive en un piso de 40 metros cuadrados.

En lo social hacemos lo mismo. A todos les decimos que compren comercio justo, que no vayan en coche, que coman menos carne,… No pensamos en los costes. Al respecto, dice Imanol Zubero que sin colchones de solidaridad “en la práctica muchos de los llamamientos y muchas de las propuestas de los movimientos sociales se ven reducidas a puros llamamientos al heroísmo”. Y así nos va, porque repito, aquí no hay héroes ni heroínas.

6.- Otra vez la guerra de los buenos contra las malas

La avalancha de críticas ante cualquier comportamiento considerado como indebido surge a la velocidad del rayo. Y se hace sin tener en cuenta los costes de los que hablaba en el punto anterior y los fallos de comunicación del punto 3. Cuantos tuits habremos podido leer estos días tachando de irresponsable a tal o cual persona.

Entramos en una dinámica muy peligrosa de buenos contra malos. Lo mismo en lo social. Los malos que no vinieron a la manifestación, que siguen comprando en hipermercado, que votaron a tal partido,… Para cambiar el mundo necesitamos a la mayoría, al menos a todos menos a los del punto 1. Si hacemos bandos estamos excluyendo a muchos que, ofendidos, rechazarán cualquiera de nuestras propuestas. Como decía hace tiempo, no podemos querer conectar con la mayoría social señalando como culpables a un porcentaje muy elevado esa misma sociedad. Tratemos de ser más comprensivos, más empáticas, y centrémonos mucho más en convencer y atraer que en la crítica. Quizá nos vaya mejor.

¿Podemos aprender de la crisis del #coronavirus para mejorar en los objetivos de cambio social? Clic para tuitear

Conclusión

Lo primero salgamos de esta con los menores costes posibles. Especialmente para los colectivos más vulnerables. Mientras tanto, estemos atentos a cómo se comporta nuestra sociedad. Estamos en un momento en el que vivimos en nuestras propias carnes un punto en el que se cruzan crisis, solidaridad y responsabilidad con una alta intensidad. Observemos, anotemos y aprendamos. Seguro que sacaremos buenas conclusiones para mañana, para cuando volvamos a salir a las calles con nuestro objetivo de cambiar el mundo.

 

Terminé de escribir este post en Madrid el 18 de marzo de 2020

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